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www.PrisonFellowshipColombia.com Christianity Today, February 2004 http://www.ChristianityToday.com/ct/2004/002/5.48.html
Nueva vida en una cultura de
muerte
La esperanza para Colombia vive dentro
de su más letal campo de muerte: la Prisión Bellavista.
Por Deann Alford
Miles de casas de ladrillo rojo, la oscura huella de la sangre
reseca, así se ve Medellín rodeado de montañas, como la memoria de un
asesinato infame. La muerte, dicen los colombianos es pan diario,
como lugar común en referencia a la cotidiana necesidad de vida. Esta
cultura de muerte alcanza los 3.000 homicidios por año, sólo en Medellín,
con machete, pistola, ametralladora, granada y bombas.
En donde las montañas de Medellín tocan las faldas del valle,
se levanta Bellavista. El complejo carcelario, construido con esos mismos
ladrillos color sangre (pintados de azul y blanco) es el lugar en el que
cientos de los peores criminales y guerrilleros colombianos han encontrado
un funesto final en matanzas por venganza. Hace catorce años la violencia
reinaba en Bellavista, pero mediante el esfuerzo permanente de personas
cristianas, Bellavista ha llegado a ser una casa de iluminación espiritual
en la que los colombianos, profundamente divididos por opciones
religiosas, económicas y políticas, pueden conciliar sus
diferencias.
En la capilla de Bellavista, blancas cortinas de gasa cubren
las enrejadas ventanas que dan a los patios de la prisión, en donde una
vez los presos masacraron a los guardas y a otros prisioneros. Cada
jueves, pequeños grupos de líderes provenientes de todos los bloques de
celdas de Bellavista ayunan, oran y estudian las Escrituras. En esta
particular mañana de verano, un puñado de ocho personas se reúne en la
oficina al fondo de la capilla, para el culto, cantando con el
acompañamiento de una videocinta:
“Sana nuestra tierra
Escucha hoy mi oración
A ti levanto mi clamor...”
Con ojos cerrados, manos juntas o brazos levantados, los
reclusos elevan sus plegarias por la salvación de Colombia. Una hora más
tarde, los hombres se postran a lo largo del piso, alrededor de una Biblia
abierta, en el centro del salón. Mientras ellos lloran y gimen, el sonido
penetrante de su lamento llega a través de la puerta cerrada dentro de la
habitación adjunta. “Estamos arrepentidos. Exaltamos Tu nombre. Sana
nuestra tierra”.
Colombia es una de las naciones más violentas del mundo, y
Medellín, su segunda más grande área metropolitana, es la ciudad más
violenta del país. En Medellín, Bellavista es el más letal campo de
asesinato en toda la ciudad. La prisión es un microcosmos de la sociedad:
terroristas, guerrilleros, paramilitares, malos policías y soldados,
narcotraficantes, delincuentes comunes y sicarios.
Detrás de los altos muros de la prisión, los reclusos alguna
vez jugaron fútbol con una cabeza humana cortada. La cifra mortal en
Bellavista alcanzó la cifra de 50 muertos en un mes, cuando los grupos
rivales extendieron su guerra dentro del laberinto carcelario de cubículos
de cartón y madera de desecho donde los reclusos se
alojan.
En enero de 1990, los internos amotinados después de la
violencia cotidiana, instigaron a los guardas de la prisión a abandonar su
trabajo. Los líderes locales solicitaron la intervención del ejército.
Pero días antes del inminente enfrentamiento, Oscar Osorio, un convicto ya
liberado de Bellavista que regresó allí a ministrar y había llegado a ser
capellán de la prisión, reunió el apoyo de voluntarios cristianos
asociados con la Confraternidad Carcelaria Internacional (Prison
Fellowship International) del expolítico norteamericano Chuck Colson.
Cantando himnos y llevando banderas blancas, Osorio y sus voluntarios
marcharon en procesión a través de las puertas de la prisión, sin ninguna
certeza de que sus vidas pudieran ser salvadas.
Osorio descubrió que el sistema de parlantes de la prisión aún
funcionaba, por lo cual el capellán osadamente anunció que el motín había
terminado. Pero más que eso, los asesinatos se terminaron y el evangelio
se difundió a través de Bellavista como fuego santo. Durante los
siguientes catorce años, los evangélicos han asumido a Bellavista como un
lugar importante para ayudar a los colombianos a practicar el perdón mutuo
y obtener reconciliación.
El Señor de
Bellavista “En esa prisión
está la presencia de Dios”, dice Jeannine Brabon, quien encabeza la
Confraternidad Carcelaria para los dos millones de personas de la
región de Medellín. Aunque menos del diez por ciento de los internos son
creyentes, eso es suficiente sal y luz para traer
paz.
Eso significa, por ejemplo, que el equipo de fútbol de la
policía juega con el equipo de los delincuentes y que los paramilitares
derechistas juegan con los de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia, el grupo más notorio de guerrilleros colombianos.) Antes del
reavivamiento de 1990, tales encuentros hubieran terminado en un baño de
sangre.
“Puede haber esperanza para Colombia”, dice Brabon. Ejércitos,
armas y legislación gubernamental, nunca podrán quebrar el poder del mal,
dice ella. “No puedes mirar hacia el gobierno y esperar que él haga lo que
solo Dios puede hacer”.
Hija de padres misioneros de Ohio y Michigan, Brabon nació en
Colombia, en donde los protestantes enfrentaron generaciones de una severa
discriminación hasta 1991, cuando reformas gubernamentales terminaron con
la posición privilegiada de la Iglesia Católica. Sus padres la ayudaron a
crear el Seminario Bíblico de Colombia en Medellín. Brabon creció durante
los años de La Violencia, la moderna era de derramamiento de sangre
desencadenada en 1948, cuando los guerrilleros asesinaron al candidato
presidencial Jorge Eliecer Gaitán. Dirigentes de las FARC y de otros
grupos rebeldes armados trazaron sus orígenes a los ejércitos guerrilleros
formados en los años 40 para presionar por reformas políticas. Más de
200.000 murieron en esta época caótica, antes de que esta se
transformarse, a finales de los 50, en la moderna época de guerrillas que
combaten para imponer el comunismo a 44 millones de
colombianos.
Por 1991, Brabon, una erudita graduada en Antiguo Testamento,
regresó a Colombia desde una obra misionera en España, para enseñar en el
Seminario. El capellán Osorio la invitó a predicar en un servicio de
adoración en Bellavista. Al terminar el sermón de Brabon, 23 terroristas y
sicarios aceptaron a Cristo, suceso recogido en el libro del periodista
David Miller, El Señor de Bellavista.
Brabon comenzó discipulando aquellos asesinos convertidos y
llevando a cabo estudios bíblicos en Bellavista. Al año siguiente, ella
dio un paso gigantesco al fundar una de las pocas instituciones teológicas
dentro de la prisión. Hoy ese Instituto es central para la fuerza del
impacto de Bellavista. La capacitación es más profunda que la que recibe
la mayoría de los pastores colombianos. Los hermanos de Bellavista
examinan doctrinas y conocen sus Biblias.
El encuentro de los internos con el evangelio comienza con el
mural del Salmo 27:10, cerca de la entrada de la prisión. Los prisioneros
se levantan al son de cantos en el bloque de celdas. Los creyentes
realizan cultos evangelísticos. Cada cristiano procura compartir su fe al
menos dos veces al día. Los fines de semana los creyentes llevan a cabo
campañas de evangelización para sus compañeros no creyentes y para miles
de visitantes.
“La gente tiende a menospreciar a los prisioneros”, dice
Brabon, “No creen que ellos sean personas de valía. Pero lo son. En la
Cruz estamos en un nivel parejo”. Y estos prisioneros quieren alcanzar a
Colombia para Cristo, comenzando con los 57.000 reclusos del país. La
cárcel ha llegado a ser un fuerte foco ministerial para los protestantes
evangélicos de Colombia, los cuales están creciendo cerca del 7% al año.
(Según un destacado investigador evangélico de Colombia, hay cinco
millones de evangélicos colombianos. En 1933
había
15.000).
Mi fusil es
mi dios De los relatos de muchos
individuos marcados por la violencia o el abuso se desprende el saber cómo
la prisión de Bellavista llegó a ser un eje de ministerio cristiano. La
revista “Christianity Today” logró acceso a Bellavista a pesar de
las restricciones para entrevistar algunas de las personas de mayor
influencia en el ministerio carcelario allí.
En 1993, el ejército capturó al guerrillero Fredy Arias,
entonces de 21 años, y lo encerró en una cárcel de pueblo, en lo más
profundo de Antioquia, una región de Colombia despedazada por la
guerra.
Arias era como un niño-vitrina que exhibía los problemas
sociales de Colombia. Su profunda y permanente ira, provocada por un
padrastro abusador, una aguda pobreza familiar y un primo que lo violó en
repetidas ocasiones durante dos años. El se convirtió en un chico de la
calle en Apartadó, un violento pueblo cerca de la frontera de Colombia con
Panamá, dominado por narcotraficantes y por cuatro grupos ilegales
armados. Algunos guerrilleros de las FARC hicieron amistad con Arias
cuando él tenía nueve años y le enseñaron a leer, a escribir, y Marxismo.
Cuando cumplió 17 años, le entregaron una ametralladora. La rebelión
armada proveyó una salida natural a su desenfocada furia.
Las filas de los rebeldes colombianos están llenas de
adolescentes que llegan a ser combatientes porque las facciones armadas
les ofrecen paga, poder y propósito. Durante cuatro años, Arias cuidó
rehenes y combatió contra el Ejército de Colombia. El amaba la causa
rebelde: una nueva y justa sociedad comunista. “Mi fusil era mi único
dios, porque me salvó la vida”, dice Arias.
Después de su captura, Arias llegó a Bellavista dispuesto a
continuar su carrera sangrienta. Pero sus pensamientos se volvieron hacia
una jovencita que lo vio ayudando a matar a su padre, acusado de espía. Su
alma estaba aguijoneada por una contradicción: “Si supuestamente somos
transformadores sociales, ¿por qué matamos?”, dice Arias. “La Biblia
comenzó a hablarme. ¿Qué clase de agente de cambio era yo, si estaba
destruyendo la creación de Dios? Comencé a llorar.” Una noche, después de
que alguien habló con él acerca de Cristo, Arias se puso de rodillas para
suplicar el perdón de Dios.
Un recluso que sirvió un tiempo con Arias, vio cómo Dios cambia
un tosco rebelde de fuertes convicciones en un hombre totalmente
comprometido con Jesús. “Fredy tenía muchos problemas, pero Dios tomó su
mano y no lo dejará ir”, dice.
Liberado en 1994, Arias se mudó a una casa aún sin terminar,
patrocinada por la Confraternidad Carcelaria. Como muchos combatientes
colombianos, su única destreza profesional era el asesinato eficiente e
implacable. Brabon pensó que él podría dedicarse a pintar casas y ese
trabajo le ayudaría a ganarse la vida.
En el año 2001, Arias escribió una carta abierta a las
familias de los desaparecidos misioneros de New Tribes Dave
Mankins, Rick Tenenoff y Mark Rich, secuestrados por las FARC en 1.993 y
luego declarados muertos. Arias compartió la historia de su conversión y
pidió perdón por la participación rebelde. Ahora, con 31 años de edad,
Arias aspira a ir a un seminario para capacitarse con el fin de ayudar a
los niños de la calle.
Recientemente, Arias se matriculó en la escuela como un paso
hacia su meta ministerial. Donde una vez leyó a Karl Marx, hoy estudia la
Biblia y predica en las celdas de Bellavista. Esa es su forma de ofrecer a
su patria más de lo que le ha quitado.
“Cada día me pregunto por qué mi país es como es”, dice Arias.
“Es por falta de Dios”.
Ciego y
bendecido Según estimaciones,
30.000 colombianos son miembros de grupos rebeldes y paramilitares. Muy
pocos de ellos enfrentan persecución por sus crímenes, y millones de
colombianos han sido sus víctimas durante los últimos cincuenta
años.
Alex Puerta tuvo todas las razones para abrazar la despiadada
ética colombiana de asesinato en represalia. Un simpatizante de los
rebeldes asesinó a su padre, y los guerrilleros expulsaron a su familia de
la casa en que vivían, robaron sus caballos y su ganado y confiscaron la
mayor parte de su finca bananera en Apartadó. Pero Puerta dice que él
rindió “vida, alma y sombrero” a Cristo, debido a las amenazas de muerte
de los rebeldes contra él. El rechazó la invitación de los paramilitares a
tomar venganza. Luego, un vecino armado amenazó a Puerta y ultrajó
físicamente a su madre. Aunque lleno de furia y tentado a tomar un fusil,
Puerta se detuvo de repente: “Supe que, o me convertía en una persona
vengativa, o seguía a Dios”, dice. “Me di cuenta de que si no los
perdonaba, yo no era verdaderamente cristiano.”
Su compromiso soportó un juicio de fuego en la madrugada del 20
de septiembre de 1995. Puerta, entonces con 27 años, iba en un bus
repleto con 27 trabajadores. Guerrilleros de las FARC detuvieron el bus.
Cuatro de ellos abordaron el bus con ametralladoras y obligaron a todos a
salir, llevando al grupo a un sitio en donde otros sesenta guerrilleros
estaban esperando.
Inmediatamente, Puerta oró. Sintiendo que la muerte estaba
cerca comenzó a cantar el coro “Eres mi protector”. Los rebeldes ataron
las manos de los obreros con cuerdas de hojas de plátano y los hicieron
ponerse boca abajo. “Le dije a mi gente que recordara la Palabra de Dios
que había compartido con ellos y se prepararan para entrar en la presencia
de Dios”, recuerda él.
Cuando los guerrilleros comenzaron la masacre, Puerta recordó
que, aunque la mayoría de los trabajadores habían oído el evangelio, los
guerrilleros no lo habían hecho. Segundos más tarde, una bala se alojó en
el puente de su nariz, dañando el nervio óptico de su ojo izquierdo. El
impacto de la bala reventó el hoyo de su ojo derecho y parte de su
cara.
Puerta quedó ciego, pero –recuerda él- “Comencé a gritar con
todo mi corazón “¡Cristo les ama!” La patada de un guerrillero destrozó su
mandíbula, silenciándolo. Otros guerrilleros mataron a los restantes
trabajadores con pistolas y machetes. Bañado en su propia sangre pero
aferrado a la vida, Puerta fue el único sobreviviente de la
masacre.
Después de cinco cirugías, Puerta tiene un nuevo rostro. El se
refiere a la masacre como “el accidente”.
“Si eres cercano a Dios, te puede ocurrir lo peor, sin que eso
llegue a herirte”, dice Puerta. “Yo no quiero sentirme como una víctima.
Dios es mi Sanador”.
Cuando se supo que Puerta estaba vivo, los rebeldes comenzaron
una cacería contra él. Los cristianos lo escondieron durante dos años.
Luego, cautelosamente, empezó a dar su testimonio en Bellavista. Un preso
que había tomado parte en la masacre, escuchó ese testimonio y tuvo miedo
de que Puerta lo denunciara. Pero Puerta le envió un mensaje diciéndole
que lo había perdonado. Después, otros dos reclusos escucharon el relato
de Puerta y rompieron en sollozos. Ambos eran altos líderes guerrilleros
en Bellavista. El testimonio de Puerta condujo a uno de ellos a Cristo.
Este líder dijo de Puerta que él era un hombre de valor y que lo
respetaran. La sentencia de muerte fue quitada, permitiéndose a Puerta
ministrar abiertamente.
Puerta todavía lleva su identificación militar. Su fotografía
nos muestra un atractivo y simpático joven de 18 años, serio pero no
enojado. Hoy, un parche negro cubre la cuenca de su ojo. Su sonrisa se
desvía hacia un lado, mientras la mitad de su rostro permanece paralizada.
Las radiografías revelaron que muchas esquirlas quedaron alojadas en los
huesos de la cara. La bala destruyó su sentido del olfato. Su nuca muestra
grandes cicatrices de machete. Brabon dice que Puerta es el perdón y la
reconciliación encarnados. “El es el mensaje para Colombia”, dice
ella.
Puerta se graduó de seminario en el 2003, realizando su año de
práctica ministerial en Bellavista, en donde enseñó Biblia y discipuló
prisioneros. Antes del “accidente” Puerta luchó mucho con la idea de por
qué Dios permite el sufrimiento. “Hubo un profundo silencio hasta que
comprendí que la cosa más importante en la vida es amar a Dios”, dice
Puerta. “El es mi vida. Dios permite que haya problemas, más si creemos en
El, nos da la victoria sobre todos ellos. Dios es bueno. Sin importar las
circunstancias, El es todo lo que importa”.
Esperanza en la
Línea “Ministrar en la prisión” generalmente se refiere a aquellos que
llegan de afuera, pero no es así en Bellavista. Un programa radial
producido por reclusos, Grito de Esperanza, se transmite desde
detrás de los muros de la prisión. Este es un claro ejemplo de la más alta
aspiración de los reclusos: alcanzar a toda su nación para
Cristo.
Antes de una reciente transmisión de las 10:30 horas, el líder
del culto en la capilla, Daniel Muriel, llama a una estación de radio
cristiana desde un teléfono –dentro de la prisión- cercana al púlpito de
la capilla. Muriel, con un lápiz tras su oreja, agarra el receptor y
saluda a la audiencia: “Jesucristo es nuestra roca y salvación y con El
estamos seguros cada día. El es nuestro Rey, nuestra esperanza y nuestra
fortaleza”. El cita el Salmo 27 de memoria y luego dice: “El te cuidará.
Dios te ama mucho. Queremos que Dios bendiga tu vida. Queremos darte
ánimo. Pon tus ojos en Jesucristo”.
El pasa el teléfono a un ayudante que lo sostiene en alto,
mientras Muriel toca el teclado. Los prisioneros se juntan alrededor
del teléfono, cantando y aplaudiendo “El Señor es la luz y la Roca de mi
Salvación”, en un culto conmovedor y exuberante. El encargado hace una
señal de silencio con la mano y pasa el teléfono al predicador Enrique
Rivera, quien explica el texto de Deuteronomio 1. Rivera se pasea detrás
del púlpito, gesticulando en general con la mano que no porta el receptor:
“Quien tenga oídos para oír, que oiga. Dejen que la Palabra cambie el
rumbo de su vida”. El programa termina media hora después, exactamente
conforme a lo planeado.
Rivera cuelga el teléfono como si hubiera estado platicando con
algún amigo. Es difícil imaginar al estricto pero afable Rivera, hoy con
36 años, antes de su conversión a Cristo, hace ocho años. El era un
policía que hacía “limpieza social”, matando elementos nocivos en Cali.
Tres condenas por asesinato lo llevaron a Bellavista. Pero su vida dio un
giro total por el contenido de un maletín robado: un Nuevo Testamento. En
la cárcel y esposado a otros prisioneros, Rivera estudió detenidamente su
Biblia robada. En su primer día en Bellavista, él escuchó el Evangelio y
aceptó a Cristo.
Brabon atribuye el éxito de Bellavista y de sus iglesias
filiales en las prisiones de Colombia, a la disposición de los creyentes
de cortar vínculos con su venenoso pasado. “No hay poder sin pureza, y
ellos están deseando pagar el precio para que Dios actúe”, dice
ella.
La rendición de cuentas no termina con la conversión. Un líder
ministerial de Bellavista que peque gravemente, debe dejar su cargo al
menos durante seis meses, hasta ser restaurado mediante consejería y
ministerio de quienes han pasado situaciones parecidas. Brabon dice:
“Ellos están en una olla de presión, pero asumen que no serán diferentes
afuera si no logran ser diferentes dentro de la prisión”.
Una de las etapas críticas de los internos cristianos de
Bellavista, es el compromiso a alcanzar a otros para Cristo, sin importar
sus circunstancias. Si la condena de un creyente es larga, él se convierte
en una especie de misionero profesional para el sistema de prisión
colombiano. Si un recluso es liberado, con frecuencia regresa a su antiguo
grupo de camaradas (sicarios, guerrilleros, narcotraficantes o
delincuentes comunes) a fin de alcanzarlos para Cristo.
La propia Medellín está llena de hombres que han servido un
tiempo en Bellavista y ahora trabajan en programas de rehabilitación,
ministerios con drogadictos, e iglesias. Para los creyentes de Bellavista
el compromiso con la Cruz no tiene un precio fácil. Ellos están deseando
pagar el precio de la obediencia, aún hasta la muerte. Por lo menos un
creyente fue martirizado por su fe a mediados de los años 90. “Estamos
bajo ataque (espiritual) todo el tiempo, en diversas maneras”, dice
Brabon, rogando para que la gente ore por los ministros reclusos de
Bellavista. “Cuando estamos bajo el foco de la prensa, nos caen encima
terribles ataques”.
La profunda esperanza de los convictos-evangelistas de
Bellavista es que su avivamiento en la prisión apunte a un sendero para la
reconciliación de todos y cada uno, dirigiendo su nación hacia la paz.
“Hablando en términos humanos, no hay solución” al empantanamiento de
Colombia, dice Richard Luna, director de Open Doors para América
Latina.
Rivera dice: “Lo único que puede cambiar esta situación es un
milagro de Dios”.
Dado que el crimen violento se extiende con casi total
impunidad en Colombia, es un milagro que todos los hermanos de Bellavista
estén vivos y que hayan sobrevivido en la prisión. “Cuando el pueblo de
Israel estuvo en el desierto, ellos experimentaron la Gloria de Dios, dice
Omar Monsalve, voluntario de Confraternidad Carcelaria. Omar se
hizo creyente en Bellavista cuando estaba preso. “¿Por qué llegué a la
cárcel? Todos estamos aquí por la gracia de Dios”.
Deann Alford es una escritora y redactora en Austin,
Texas.
©2004 Deann Alford. Publicado con permiso de la
autora.
Copyright © 2003 Christianity
Today. February 2004, Vol. 48, No. 2, Page 48
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